Pamela Scarafia Leiker
Psicóloga
2025
La experiencia emigratoria constituye uno de los procesos más complejos y transformadores de la condición humana contemporánea. Más allá del simple desplazamiento geográfico, emigrar implica una profunda ruptura con el entramado simbólico, cultural y relacional que define nuestra subjetividad. No se trata únicamente de un cambio demográfico, sino de una experiencia mucho más completa que afecta la integridad total del individuo, en su origen y en su destino. Ya desde el año 1919 se realizan estudios sobre poblaciones emigrantes en diferentes contextos buscando comprender como se adaptan a las nuevas costumbres del destino y como se reorganizan las familias (Luna & Mejía-Arango, 2019). No obstante, la mayoría de las investigaciones encontradas remontan su búsqueda y entendimiento a personas que deben emigrar, no por elección propia, sino por fuerzas de su contexto como problemas políticos o de religión.
El tema que hoy nos trae aquí refiere a la emigración sí, pero a la emigración actual de muchos jóvenes y adultos que ya no responden a un movimiento geográfico e individual forzoso, sino que éste se produce por elección propia.
Uno de los conceptos encontrados que más me resonó sobre qué es el proceso emigratorio es el de Moro (2004, citado en Luna & Mejía-Arango, 2019) quien lo define como «un acto psíquico que lleva al rompimiento del marco cultural interiorizado de los sujetos». Habla de una acción, un movimiento físico, pero también interior, que desencadena una crisis de identidad que puede ir más allá de la nostalgia. Hablamos de que la identidad está constituida en y a partir de nuestro contexto, siendo éste el que nos sostiene en nuestro día a día, pero es aquel que se rompe y desaparece en un proceso emigratorio. Esto lleva a la tarea necesaria de construir nuevas formas de ser y nuevas formas de habitar, tanto en mi contexto conocido, como en el nuevo.
Para poder construir estas nuevas formas, es necesario realizar un proceso de duelo por lo perdido. El duelo migratorio, a diferencia de un duelo tradicional, es un proceso parcial, recurrente, múltiple (Achotegui, 2021). Hablo de parcial porque el contexto original no desaparece, no hay una pérdida total del objeto, sino que este continúa allí para nosotros, por si queremos regresar. Sigue apareciendo y estando presente gracias a la tecnología, pero ésta es una manera diferente de vincularse. Esto es lo que hace que el duelo sea recurrente porque se sigue interactuando con el contexto de origen, participando de los diferentes eventos y sembrándose una pequeña duda constante de regreso. Cuando hablo de duelo múltiple me refiero a que la persona emigrante debe enfrentarse simultáneamente a la “pérdida” de la familia, de amigos, de compañeros de trabajo, de su trabajo habitual, de su rutina, de su lengua materna, de la cultura de origen, del estatus social, de las costumbres de su tierra natal y, por supuesto, del apoyo de su grupo de pertenencia.
Aquí comienza un trabajo de elaboración emocional por parte de quienes emigramos, que implica un cuantioso esfuerzo psíquico y físico, y que no muchas veces resulta exitoso. Todo lo contrario, puede derivar en diferentes problemas de salud tanto físicos como mentales, lo que a su vez puede llegar a dificultar la integración en el nuevo lugar (Sánchez & Sánchez, 2020; Achotegui, 2021). Las personas que emigramos llegamos con nuestra vida conocida hasta el momento dentro una maleta de 23 kg, y con ello, debemos procesar psíquicamente estas pérdidas y al mismo tiempo generar nuevas maneras de interacción en el nuevo contexto.
Deconstrucción de la identidad.
Un proceso de emigración puede considerarse como causa o bien como consecuencia de una crisis de identidad, resultando catastrófico o creativo, pero siempre siendo una experiencia en esencia desorganizadora. Algunas investigaciones hablan de que las personas atraviesan una vulnerabilidad psicosocial, que comienza incluso antes del acto de emigrar. Con esto se refieren a que para algunas personalidades ciertos sucesos pueden resultar traumáticos y para otros no, o que las sensaciones de pérdida o duelo pueden desequilibrar más a algunas personas que a otras (Sánchez & Sánchez, 2020; Luna & Mejía-Arango, 2019).
Por lo tanto, el contexto en el que crecimos y nuestra propia subjetividad nos puede dotar de más o menos herramientas para hacer frente a un proceso emigratorio. Pero existen ciertas reacciones emocionales por las que todos pasamos y son las que nos hacen deconstruir y replantearnos nuestra identidad. La vivencia tan extensa en el tiempo de situaciones de estrés es algo que atañe a todo aquel que ha intentado vivir fuera de su país. Mantener nuestro sistema de alerta encendido durante tanto tiempo (llegando a ser años en algunos casos) puede dar lugar a una amplia sintomatología como la tristeza, el llanto, insomnio, miedo, tensión, irritabilidad, pensamientos recurrentes, fatiga, cefaleas, migraña, confusión y diferentes dolencias físicas (Martínez Moneo & Martínez Larrea, 2006).
Para Venturini (2006, citado en Luna & Mejía-Arango, 2019) enfrentarse a esto es una pérdida de la identidad y puede provocar en algunos casos un trauma irreparable, ya que él considera que la cultura de origen es irremplazable, teniendo la persona una dificultad en transmitir la identidad a generaciones venideras. Luna & Mejía-Arango (2019) hablan además de que en algunas personalidades puede generarse una escisión del yo y provocarse una despersonalización, debido a la excesiva idealización del lugar de destino y a los pocos recursos internos con los que finalmente se cuenta para enfrentarse a los desafíos del nuevo lugar. A pesar de estos datos y otros encontrados, no todos los casos suceden de esta manera.
En mi experiencia personal y como profesional de la salud mental, es evidente que una vivencia emigratoria puede generar un trauma y como tal tendrá efectos diversos en la persona que los vivencia, pero esto no tiene por qué ser constante ni duradero en el tiempo. En algunos casos, enfrentarse a estas situaciones y vivirlo desde este lugar de duelo, de trauma, de perdida, deriva irremediablemente (y, necesariamente) en estructurar una nueva dinámica de funcionamiento para la persona, generándose una transformación en la identidad.
Construcción de una Nueva Subjetividad
Re-construirse luego de haber desestructurado nuestra identidad es un proceso complejo y que necesita de mucho amor y paciencia. Puget (2018) tiene un concepto que me parece precioso y preciso: Espacios de Constitución Subjetiva Superpuestos. Me resulta maravilloso pensar la construcción de una nueva subjetividad como un espacio y no como un acto individual y egocéntrico. Hablaba antes de que crecemos y nos define un entorno, por lo que hablar de espacios superpuestos me resulta muy realista y exacto. Porque la persona que emigra, las personas que tenemos que re-construirnos lo hacemos justamente de esta manera. Habitamos dos contextos: el de origen, que nos permite arrastrar nuestra cultura allí donde sea que vayamos dándonos la condición de extranjeros; y el nuevo contexto, que nos dota de nuevas costumbres, nuevos hábitos, un nuevo lenguaje y nos permite encontrar en nosotros nuevas formas de comunicarnos y de hacer. Desarrollar o encontrar capacidades que no sabíamos que teníamos y que estaban allí, esperando un nuevo espacio para poder mostrarse.
Esta nueva dinámica en la que nos movemos las personas emigrantes nos permite aceptar nuestra extranjeridad sin aferrarnos a esa condición. Si yo me aferro a mi condición de extranjera, comienzo a vincularme desde allí y sólo lograría vínculos que siempre me terminen posicionando en ese lugar, y me lleven a un lugar de sufriente o de vergüenza (Puget, 2018). Sería como hacer funcionar a la fuerza mi identidad de toda la vida en un contexto para el que mi manera de ser no está preparada. Sólo conllevaría sufrimiento.
Por otro lado, si acepto mi extranjeridad pero también reconozco la nueva cultura en la que vivo, las dinámicas vinculares se componen desde un tú a tú. De alguna manera, y en algún punto de nuestro viaje emigratorio debemos ser capaces de soltar nuestra nacionalidad de origen sin por ello sentirnos ingratos. Es la única manera en la que podemos lograr construir una nueva subjetividad, que nos permita adaptarnos a la nueva cultura, reconocerla e interiorizarla, y así crear en nosotros nuevas respuestas, nuevas creencias, nuevas emociones, nuevas costumbres y pasar a ser habitantes de más de una cultura.
Tecnología como mediadora de la Subjetividad
Personalmente veo a la tecnología como un dispositivo que desafía las concepciones tradicionales de lo que es emigrar. Antiguamente, nuestros abuelos o bisabuelos emigraban escapando de guerras provocando una ruptura total con su contexto de origen. Como mencionaba antes, la presencia recurrente de lo que dejamos atrás y que nos dificulta nuestras elaboraciones emocionales es provocada por la tecnología de la información y la comunicación. Es como si fuese una prótesis que nos permite mantener nuestros vínculos cotidianos con nuestro entorno de origen aun estando a miles de kilómetros.
Así, el proceso de duelo migratorio, gracias a esta nueva forma de comunicación es completamente diferente al duelo que realizaron nuestros antepasados, donde se asemejaba más a un duelo tradicional de pérdida total del objeto. Este dispositivo no sólo reconfigura el duelo, sino que permite el sostén de vínculos fundamentales en la identidad de la persona y que son aquellos vínculos que sostienen al emigrado mientras éste se está re-construyendo. Así, el compartir la rutina, los sentimientos, las nuevas vivencias y las tradiciones de origen por mensaje, por video llamadas o por redes sociales (Valencia Correa & Moreno Carmona, 2024), permite a la persona emigrante sostener su presencia simbólica en el territorio original y preservar aspectos de su subjetividad anterior.
Si bien esto es algo positivo porque da a la persona emigrante una red virtual de contención en este proceso de subjetivación, no deja de vivirse algunas veces como algo que dificulta la adaptación al nuevo entorno, ya que genera una sensación de presencia simultánea en múltiples lugares que puede llegar a complicar la construcción de una identidad con territorio propio. Nuevamente, considero que estos aspectos dependerán de la personalidad de cada emigrante y de las herramientas internas con las que cuente cada uno.
Para concluir, considero que la tecnología digital en este proceso de deconstrucción y reconstrucción subjetiva transforma la experiencia emigratoria tradicional, dando unas nuevas oportunidades a esta condición como así también provocando nuevas tensiones. La experiencia emigratoria es un nuevo escenario cada vez más habitual en el mundo contemporáneo y contar con medios que permiten una comunicación cada vez más directa entre las personas aun estando a miles de kilómetros de distancia hace que éstas se aventuren mucho más en esta experiencia.
Así como el proceso emigratorio crea nuevas subjetividades necesarias para poder adaptarse a nuevos contextos, la tecnología permite formas híbridas de habitar el mundo que van más allá de los límites geográficos, dando lugar a lo que Puget (2018) llama “habitantes del mundo”.
Referencias.
Achotegui, J. (2021). El síndrome del inmigrante con duelo migratorio extremo: el síndrome de Ulises. Una perspectiva psicoanalítica. Aperturas Psicoanalíticas (68). http://aperturas.org/articulo.php?articulo=000116
Luna, A. y Mejía-Arango, S. (2019). Una propuesta de complementariedad entre los estudios de migración y psicoanalíticos en salud mental. Estudios Fronterizos, Epub 06. https://doi.org/10.21670/ref.1913034
Martínez Moneo, M; Martínez Larrea, A. (2006). Patología psiquiátrica en el inmigrante. Anales del Sistema Sanitario de Navarra, vol. 29. https://scielo.isciii.es/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1137-66272006000200006
Puget, J. (2018). Habitar espacios en el hoy o en un para siempre. [Archivo en pdf] https://www.psicoanalisisapdeba.org/wp-content/uploads/2018/12/5.-PUGET.pdf
Sánchez Sánchez, T. (2020). Síndrome de resignación. Trauma migratorio, somatización y disociación extremas. Aperturas Psicoanalíticas, (63). http://aperturas.org/articulo.php?articulo=0001105
Valencia Correa, E., Moreno Carmona, N. (2024). La migración y sus efectos multidimensionales en la familia transnacional. Migraciones Internacionales, vol 15. https://doi.org/10.33679/rmi.v1i1.2805